EL EMBUDO DEL FÚTBOL COLOMBIANO: ¿QUÉ OPORTUNIDADES TIENE UN JOVEN PARA LLEGAR AL PROFESIONALISMO?

¿por qué Colombia, un país con una enorme tradición futbolística, una reconocida capacidad para producir jugadores talentosos y una selección nacional situada entre las primeras posiciones del escalafón FIFA (11°), mantiene una estructura profesional concentrada solamente en dos categorías?
En Colombia existen la Primera A y la Primera B, organizadas en el ámbito del fútbol profesional. También se desarrollan competiciones de Primera C en el ámbito aficionado. Sin embargo, el problema central no consiste en la ausencia absoluta de una tercera categoría competitiva, sino en la falta de una conexión regular de ascenso y descenso que permita a los clubes aficionados acceder deportivamente al fútbol profesional.
Esta diferencia es fundamental. Una cosa es disponer de torneos en los que compitan cientos de equipos aficionados; otra, muy distinta, es construir un sistema integrado en el que un club pueda recorrer, mediante sus resultados deportivos y el cumplimiento de requisitos institucionales, el camino desde una categoría regional hasta el fútbol profesional.
La discusión no debería limitarse a cuestionar cuántos equipos participan en cada división. El verdadero debate está en las oportunidades que ofrece el sistema para que los clubes crezcan, los jugadores progresen, las comunidades encuentren representación deportiva y los proyectos de formación puedan aspirar a competir en niveles superiores.
Una pirámide futbolística no se fortalece únicamente por la calidad de sus equipos de élite. También necesita una base amplia, organizada y competitiva, con mecanismos de movilidad que conecten el talento emergente con las oportunidades de desarrollo.
Surge el interrogante de es si el fútbol colombiano necesita solamente mejores equipos profesionales o también un sistema más amplio, articulado y accesible que permita desarrollar más clubes, ofrecer mayores oportunidades a los futbolistas y conectar de manera efectiva el fútbol aficionado con el profesional.
Quizás el reto no sea simplemente crear una tercera división, sino construir una verdadera estructura nacional de desarrollo competitivo, en la que el mérito deportivo tenga un camino institucional posible y donde el talento que surge en los municipios, las regiones y las academias encuentre oportunidades reales para avanzar.
Porque el futuro del fútbol colombiano no depende exclusivamente de lo que sucede en la Primera A. También depende de la solidez de su base, de las oportunidades que ofrece a quienes comienzan y de la capacidad de su organización para convertir el talento disperso por todo el país en un proceso continuo de desarrollo deportivo.
Una pirámide sólida necesita una cima competitiva, pero también una base amplia y caminos que permitan recorrerla. Ese es, precisamente, el debate que Colombia debe afrontar.
Uno de los grandes desafíos del fútbol colombiano no está necesariamente en la identificación del talento, sino en la capacidad de su estructura competitiva para ofrecerle oportunidades de desarrollo a lo largo del tiempo.
En las principales ligas del mundo, las divisiones inferiores a la máxima categoría cumplen una función que va mucho más allá de organizar campeonatos: amplían la base de clubes, multiplican los escenarios de competencia y ofrecen nuevas posibilidades a jugadores que no alcanzaron el fútbol de élite durante las primeras etapas de su juventud.
Este aspecto es particularmente importante cuando comprendemos que el desarrollo futbolístico no ocurre al mismo ritmo en todos los jugadores. Algunos alcanzan la madurez física, técnica, táctica y psicológica a edades tempranas; otros necesitan más tiempo, mayor experiencia competitiva y oportunidades para consolidar su potencial. Descartar prematuramente a estos últimos significa asumir el riesgo de perder futbolistas que todavía podrían alcanzar un nivel competitivo importante.
En Colombia, el panorama plantea un interrogante estructural. Con 20 equipos en la Primera A y 16 en la Primera B, el fútbol profesional cuenta con 36 clubes en sus dos categorías principales. Además, los reglamentos de DIMAYOR para 2026 establecen un cupo ordinario de hasta 25 jugadores profesionales por club en ambas categorías, con disposiciones adicionales para determinados futbolistas jóvenes.
Estas cifras permiten dimensionar la estrechez del sistema, aunque no representan por sí solas el número total de jugadores que pueden competir, pues también existen mecanismos de promoción juvenil, inscripciones adicionales y otras vías de participación.
El problema aparece con especial fuerza entre los 18 y los 19 años. Cuando un futbolista termina su etapa juvenil sin ser promovido al primer equipo, puede encontrarse ante una disyuntiva difícil: continuar en el fútbol aficionado, buscar oportunidades fuera de su entorno o abandonar progresivamente su aspiración profesional. No todos quedan descartados, pero sus posibilidades de continuar una carrera competitiva pueden reducirse considerablemente.
Aquí surge la pregunta fundamental: ¿por qué no disponer de una estructura nacional de tercera división, conectada mediante ascensos y descensos con la Primera B, que permita a más clubes competir por objetivos profesionales y ofrezca una etapa adicional de desarrollo a estos futbolistas?
Colombia cuenta con la Primera C organizada en el ámbito aficionado, pero la existencia de esta competición no equivale a disponer de una tercera categoría profesional conectada regularmente con el ascenso a la Primera B. De hecho, el reglamento del Torneo BetPlay 2026 contempla la participación bajo determinadas condiciones de jugadores sub-23 vinculados a clubes profesionales que compiten en Primera C, lo cual evidencia que existen puntos de contacto entre ambos ámbitos, aunque no equivalen a un sistema abierto de ascensos.
La discusión, por tanto, no consiste únicamente en crear más equipos o más torneos. Se trata de construir una estructura que permita a los clubes crecer, a los jugadores progresar y al mérito deportivo abrir caminos entre categorías.
Una tercera división, organizada inicialmente por regiones y con requisitos económicos, administrativos, técnicos y de infraestructura acordes con cada nivel, podría constituir una alternativa para estudiar. También permitiría evaluar mecanismos de ascenso gradual, controles de sostenibilidad y estímulos a la formación de futbolistas jóvenes.
El objetivo no debería ser garantizar que todos lleguen al profesionalismo. El fútbol de alto rendimiento exige selección, competencia y resultados. El objetivo sería evitar que la falta de oportunidades estructurales cierre demasiado pronto el camino a jugadores cuyo desarrollo todavía está en proceso.
El talento necesita ser identificado, pero también necesita tiempo, competencia y oportunidades para desarrollarse.
COLOMBIA FRENTE AL PANORAMA DEL SISTEMA DE LIGAS PROFESIONALES DE FÚTBOL A NIVEL MUNDIAL
Los datos del estudio Sistema de Competición de las Ligas Profesionales de Fútbol FIFA, realizado por L. Hernando Arias en 2023, permiten dimensionar la evolución de las estructuras competitivas del fútbol mundial entre 2019 y 2023.
De las 211 federaciones nacionales afiliadas a la FIFA, todas cuentan con una competición de primera división. En 2023, 188 federaciones tenían una segunda división, equivalentes al 89,10 % del total, mientras que 111 disponían de una tercera división, es decir, el 52,61 %. Asimismo, 69 federaciones contaban con una cuarta división y 36 con una quinta. Dieciocho federaciones tenían estructuras que superaban las cinco divisiones.
Estas cifras revelan que las estructuras competitivas no se limitan necesariamente a dos categorías. En una proporción importante de las federaciones analizadas existen niveles adicionales que amplían la organización de las competiciones y pueden ofrecer más escenarios para la continuidad de los clubes y el desarrollo de los futbolistas.
En este contexto, Colombia presenta una particularidad que merece atención. Su fútbol profesional se concentra en dos categorías principales: la Primera A, con 20 equipos, y la Primera B, con 16. Aunque existe la Primera C en el ámbito aficionado, esta no constituye una tercera división profesional conectada mediante un sistema regular de ascenso y descenso con la categoría B.
Además, Colombia es el único país sudamericano que, según la clasificación comparativa de estructuras competitivas empleada en este estudio, no dispone de un mecanismo de ascenso desde una tercera categoría hacia la segunda división profesional. Esta afirmación debe entenderse dentro de los criterios utilizados para clasificar las ligas y distinguir entre competiciones profesionales y aficionadas.
La consecuencia potencial de esta estructura va más allá de los intereses institucionales de los clubes. Afecta también las posibilidades de los futbolistas que no alcanzan la madurez competitiva necesaria durante las primeras etapas de su juventud.
Un jugador de 18 o 19 años que no consigue ser promovido al primer equipo puede conservar condiciones para progresar. Sin embargo, si no encuentra una competición de nivel intermedio que le permita acumular experiencia, enfrentar rivales de mayor exigencia y continuar su proceso, su camino hacia el profesionalismo se vuelve considerablemente más difícil.
El problema adquiere mayor relevancia cuando se considera que la maduración deportiva es un proceso individual. No todos los futbolistas alcanzan simultáneamente su máximo potencial físico, técnico, táctico y psicológico. Algunos necesitan más tiempo de formación y exposición competitiva antes de estar preparados para responder a las exigencias del fútbol profesional.
Por ello, una tercera división conectada con la Primera B no debería concebirse simplemente como una ampliación administrativa del campeonato. Podría representar una oportunidad para construir un puente entre el fútbol aficionado y el profesional, facilitar el crecimiento de nuevos clubes y ampliar los espacios de competencia para jugadores que todavía están desarrollándose.
Naturalmente, una iniciativa de esta naturaleza exigiría un modelo financiero sostenible, una organización territorial eficiente, requisitos progresivos de infraestructura y mecanismos de control administrativo. No se trata de reproducir automáticamente sistemas extranjeros, sino de diseñar una estructura adecuada a las condiciones geográficas, económicas y deportivas de Colombia.
La pregunta fundamental sería ¿cuántos futbolistas con posibilidades reales de llegar al profesionalismo pueden quedar por fuera, no necesariamente por falta de talento, sino porque el sistema no les ofrece suficientes oportunidades para continuar su desarrollo?
Ampliar la pirámide competitiva no garantizaría que todos los jóvenes llegaran a la élite. Sí permitiría debatir sobre un sistema con más caminos de progresión, más oportunidades para los clubes y mejores condiciones para que el talento pueda demostrar su verdadero potencial.
Nuestro planteamiento está en no se limitarnos a pedir una división adicional. Propone examinar si la arquitectura competitiva del país acompaña adecuadamente las distintas etapas de desarrollo del futbolista. De lo que surgen algunos interrogantes para los dirigentes, los clubes, los formadores y los responsables de organizar nuestro fútbol:
¿Estamos construyendo un sistema que permita que el talento colombiano encuentre su camino o uno en el que demasiados jóvenes deben demostrar demasiado pronto que ya están preparados para llegar a la élite?
¿Existe una relación entre la profundidad del sistema de ligas de un país y las oportunidades que tienen sus futbolistas jóvenes para acceder y permanecer en el fútbol competitivo?
¿Está Colombia ofreciendo suficientes oportunidades para llegar al fútbol profesional?
Dr. Hernando Arias Londoño – Doctor in Sports Science